El tumor carnavalesco y la guerra

     Ciertos escritores, pretendiendo darse aires de profundos, psicólogos, filósofos o de cualquier otra cosa en que se les pueda fomentar el pedantismo y la superficialidad, suelen afirmar que durante la mascarada carnavalesca el hombre, “sacándose la máscara de los preconceptos y de las convenciones sociales”, muestra su verdadero rostro. Este ultra conocido lugar común y pretendida paradoja encuentra siempre, entre ciertas personas graves, acogida debido a los grandes oráculos.

     Ahora bien, la realidad es exactamente contraria. En el carnaval, no solo la humanidad no retira ninguna máscara, sino que más bien se aferra más encarnizadamente a la que, en estos últimos tiempos, no cesa de usar.

     Recuerdo que, cuando era niño, cierto profesor me contó el episodio de un diplomático japonés que, habiendo presenciado al carnaval que en su patria no se conmemora, envió a su gobierno la siguiente descripción: “Durante tres días se vuelven todos locos y practican las cosas más absurdas; después, repentinamente, el sentido común les hace recobrar el juicio”.

     La observación me impresionó mucho en aquella ocasión y es realmente interesante. Sin embargo, hay que acentuar que esta no refleja la realidad entera.

     En efecto, hay una regla de moral que afirma: “Nada de pésimo se hace repentinamente”. No nos engañemos. Se equivoca miserablemente quien supone que el carnaval constituye solo un paréntesis de locura.

     Es un tumor que explota y a través de sus secreciones se puede medir bien todo el tamaño de la infección que, de manera más o menos disfrazada, ya minaba anteriormente el organismo. Tres días después, ese tumor se cicatriza, aparentemente. Pero lo hace dejando una base siempre más profunda, dolorosa y peligrosa para el tumor del año siguiente.

     Así, el carnaval no es un oasis o una tregua: es un auge, un recrudecimiento, crisis delirante de un estado crónico. De hecho, el carnaval moderno no pasa de una torpe falsificación, de un engaño vulgar, de una atroz mistificación. Bajo el pretexto de dar culto a la alegría, el carnaval traiciona la alegría.

     En realidad, ¿Qué es la alegría carnavalesca? Embriaguez de alcohol, embriaguez de éter, embriaguez de ritmo. En suma, el completo desorden del sistema nervioso, la alucinación de personas que desean huir de sí mismas, porque en sí mismas morirán de tedio o de náusea. Para una humanidad falsificada, idiotizada, brutalizada, que detesta su alma y no quiere contemplar su propio rostro, lo que solo se logra con una alegría falsificada: el carnaval es inhumano.

     Hay quien discuta si, en tiempo de guerra, [1] el carnaval debe o no ser festejado. Nos parece que no solo en tiempo de guerra sino en cualquier otro tiempo se deben suprimir las fiestas paganas del carnaval.

     La guerra únicamente trae un argumento más. En la medida en que las calamidades sean consecuencia de los pecados, hagamos penitencia y, muy especialmente, apartemos las causas de las iniquidades, para que Dios se compadezca de nosotros.

     Incluso porque hay una innegable afinidad, íntima y secreta, entre el carnaval y la guerra. Ambos, en el fondo, no son más que la misma animalización del hombre, que lo vuelve cruel y sensual, dos cosas idénticas. En realidad, las orgías de Nerón no eran completas sin el martirio de muchos cristianos.

     Por tanto ¿para qué tres días de carnaval, si nos amenazan años de guerra? La bestialidad de nuestro siglo ya tiene este gran carnaval sangriento. No necesita de la bagatela del triduo carnavalesco. [2]

 

por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira

 


 

[1] Por los días en los que el Dr. Plinio escribía esta nota, transcurría la Segunda Guerra Mundial.[2] Cf “O Legionário” n. 492, del 15/2/1942 y n. 551, del 28/2/1943.
Fuente: Revista “Dr. Plinio” Vol. VII – N° 71 Marzo de 2024